Una historia por contar

Una historia por contar

Una historia por contar

Te paseas por calles que conoces de mucho antes de que tuvieran su último nombre. Caminas entre andamios y gente que hace sus compras diarias. Ves a tu alrededor caras que te resultan familiares, reconoces a algunos. Lo haces sin apartar tus ojos del camino que sigues, una mirada de reojo basta. No necesitas más para pasar revista a los habituales.

Paseas con la mirada perdida, sin echar de menos a nadie que no sean todos los que te han visto hacerte a ti mismo. La gente está muy ocupada con sus tareas, hay bullicio, decenas de grillos en una calle estrecha. Oyes como un murmullo lejano este ruido enlatado, tus pensamientos están en otra parte.

Conoces Madrid de cuando era la capital de un país cerrado y temeroso, pero con pasado de grandeza. Cuando tenía fachada gris, aires de ciudad de provincias. Siempre ha sido un pueblo grande con aspiraciones, con más predisposición de espíritu y aires de enano peleón que otra cosa. A pesar de la hostilidad que sale a flor de piel en cada atasco, uno aquí se siente integrado, casi como en casa. Eso tú bien lo sabes. Eres parte de esta ciudad que acoge a todos en su vorágine. Que está reconstruyéndose siempre, los adoquines rotos para poner unos nuevos. A veces parece como si buscáramos un tesoro enterrado.

Nadie te dijo que acabarías paseando solo por las mismas calles que has sentido con la suela de tus pies tantos años. Que serías algo que surge y altera todo a su alrededor. Sin ti, esta sería una estampa cotidiana más, de una calle anodina de Madrid. Nada más. Tú la llenas de historia, de una historia que no han registrado aún los cronistas, que aún no tiene su punto y final.

Es la historia de alguien que puede confesar que ha vivido. Con eso basta para picar la curiosidad, para hacernos preguntas. Llevas mil kilos de anécdotas en cada bolsa de tus ojos. Tempestades y naufragios tras la mirada. Una pena infinita por todo lo que se ha marchado de tu vida. Alegrías que consuelan hasta el fondo de tu estómago. Aunque te cueste creerlo, te agradezco que pasaras por mi foto. Te debo una, aunque no sepa tu nombre, y tú no sepas quién soy yo.

Puede que para los dos este fuese un día sin pena ni gloria. De los que se ignoran al escribir nuestra biografía. Para ti quizás fue otro día más paseando por el mismo escenario. Para mí, otro día más siendo un parte activa del paisaje, nada más. Te veo triste, con la espalda cargada, la tez apagada y cansada. Quizás tu equipo había perdido, Madrid seguía siendo una ciudad de escombros y basuras, o habías leído el periódico.

Quizás pensabas en tus nietos, que ves de pascuas a ramos, y sin mediar otra fiesta. En lo rápido que crecen, y en cómo te recuerda cada uno te recuerda ti, de cuando todavía llevabas los pantalones cortos. Puede que pienses en tus hijos, en lo jodido que está el trabajo para ellos, siempre agarrados de un clavo ardiendo, con la hipoteca tirando para hundirlos en la tierra. Te gustaría ayudar a todos los que quieres, pero a veces te cuesta no caerte por el peso que sientes sobre tus hombros. Aunque te duela, tienes que reconocer que sus batallas ya no son las tuyas… aunque te duela mucho.

Con el pelo llevado atrás a cepillo, elegante sin excesos, sereno y tranquilo, te paseas por mi foto, con tu mirada hacia un punto que quizás no esté en este mundo. Tú no te lo creerás, pero has cambiado todo el escenario que tenía encuadrado. Tú, y tus historias por contar.

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