Te lo digo yo

Te lo digo yo

Te lo digo yo

Nada va a cambiar. Te lo digo yo. Sí, ya sé lo que han prometido, pero eso siempre es aire. No porque mientan, ni porque tomen a la gente por tonta. Eso se da por descontado. Es humo porque no tienen ni idea del presupuesto, y si lo tienen, confían en que se arregle gracias a la acción de instancias superiores. Siempre. Ya sea el gobierno de la nación, el FMI, la UE o el gerifalte de la Comunidad Autónoma de turno. El dinero siempre viene de prestado, o se toma de los que trabajan, y a duras penan ganan.

Tú piensas que las cosas se solucionan quitando todos los coches oficiales. No está mal, pero aparte de un recorte estético, y dejar a unos cuántos sin trabajo, la cosa no da para más. Quizás unos días con los comedores infantiles abiertos en verano. Un par de baches que se rellenan en la calle mayor. Todo esto funciona a otra escala, una que los que pasean a nuestro alrededor no vislumbran.

Hay demasiadas manos sobre demasiados botones como para poder asignar la culpa de que haya caído la bomba atómica sobre población civil. Demasiadas como para poder castigarlos a todos sin que la cuchilla de la guillotina se rompa. Asesores que son familia hasta el tuétano. Primos de alguien que nadie quiere ver pagando el pato. Que todos nos conocemos joder, y el ajeno siempre tiene la culpa.

Puede resultar triste y cínico, pero nada de lo que ha pasado ha dolido porque estuviera mal, fuera ilegal, o un robo. Empezó a doler cuando todos no sacaban tajada como antes. Cuando no había más terrenos que recalificar, porque no se compraban casas, porque entonces algunos no pagaban la hipoteca, porque el banco no recuperaba el dinero, porque empezaban a irse a la calle algunos, porque ya no se podía hacer negocios seguros, porque de repente había que ahorrar el aire con el que pagábamos todo. Hubo que recortar, y ya que se podía elegir, elegimos lo que mejor funcionaba. Los siguientes pelotazos fueron coser y cantar.

A nadie le gustó quitarse de este desmadre. Más aún cuando el mono y las consecuencias pueden sufrirlas otros, en ese neblinoso continente llamado futuro. Más aún porque tenemos tatuado el “Que me quiten lo bailado”. Porque muchos se emborracharon de tanto decir “Está todo pagado”. España fue una fiesta, y mientras la mayoría  se bebía hasta el agua de los floreros, algunos aprovechamos para hacer lo que mejor se nos da, hacer negocios y llevarnos hasta las sillas; luego era normal que muchos se cayeran de culo al tratar de parar.

Ellos creen que pueden cambiar las cosas, y esa es su mayor debilidad. No saben de las puñaladas del amigo de partido, ese imposible. De retorcer las palabras, de dirigir la realidad con mil cámaras bien enfocadas, de hacer de un gramo una montaña, de que el pasado se paga, siempre que no sea el propio. De que a inquisidores y vigilantes de la moral nunca se podrá ganar a los sepulcros blanqueados, los que hemos manejado este sanedrín para que todo funcionara por nuestro bien, y de nuestras migas comiera el resto. Oye, mal no comieron durante un buen tiempo.

Esos revolucionarios sólo quieren el despacho, hacer un par de acciones populares, hacer el ridículo con sus cosas de ecologistas, lesbianas, veganos, animalistas, repúblicas fallidas y populares. Son carne de ridículo, esperpento a bajo precio. De hecho, da igual lo que hagan. Lo ridiculizaremos todo. Lo sacaremos todo de quicio. Ampliaremos la mancha de la sábana casi impoluta. Buscaremos la palabra que no encaja. Pondremos a aflorar miedos heredados. Diremos que comen niños, que matan ancianos, que benefician a los ladrones y agreden a los inocentes, que queman biblias y códigos penales, que se apropian de las empresas y del pan ajeno. Da igual si eso ya se ha hecho, da igual si hemos pisoteado a Cristo y al César, si somos un conjunto de oligopolios que se descojonan en la idea de libre mercado; ellos sólo lo saben a medias, y el público general no se puede hacer ni la más remota idea.

No es que hayamos robado, es que este sistema sólo puede funcionar si nosotros gobernamos, si repartimos con nuestro criterio. Los gobiernos no son corruptos por naturaleza, son débiles. No tienen músculo y armadura para resistir nuestras oligarquías. La gente ha dirigido su ira contra los políticos, y apenas han mirado hacia los que les hemos hecho así. Hacia nosotros, con el poder de forjar las leyes sin votarlas. Nadie se ha dado cuenta de que la bonanza no vino por una buena gestión; las avenidas, los parques y las zonas peatonales, las rotondas y los centros comerciales, eso no vino bajado del cielo, vino de nuestras manos. Nosotros teníamos el dinero, las metas y los cojones. Los que gobernaban sólo tenían que firmar, cobrar, y ganar el aplauso y las siguientes elecciones. Hemos sido la perfecta caverna de Platón, y las sombras que veía la gente se lograban gracias a que la hoguera se alimentaba de dinero sacado de todas partes menos de nuestros bolsillos.

Ahora no hay nada de eso, y sin dinero, no hay promesa que valga. Porque para poder cambiar las cosas, hay que reventarlo todo, o pagarlo a toca teja. Deshacer la telaraña de favores, de asesores, de amigos, de influencias, de círculos, que hay en torno a todo. Levantar todas las manos. ¿Y sabes qué nombre recibirían por ello? Radicales, extremistas, locos. ¿Sabes cuántos aplausos recibirían por ello? Ninguno. ¿Sabes quienes ganarían las siguientes elecciones? Nuestros hijos, forjados en nuestros colegios y universidades.

Así, tal como yo lo veo, no hay motivos para alarmarse. O quedan retratados como radicales, y estos cuatro años sólo les sirven para consumirse y perder el poder para siempre; o les puede el miedo y los insultos recibidos, y agachan la cabeza, haciendo pequeños brindis al sol a esos colectivos tan agradecidos siempre de una subvención o una fiesta en apoyo de la causa que no nos afecta ni nos importa; o se corrompe alguno de ellos, y les echamos a patadas, nosotros, que guardamos las siete llaves. Porque no importa lo que hagan, nunca serán de los nuestros. Ellos creen que pueden cambiar las personas, los linajes. Nosotros sabemos que somos distintos, y no perdemos el tiempo en fingir lo contrario.

Podemos estar tranquilos amigos míos. Las redes no se vendrán abajo, seguimos teniendo las manos sobre los botones, y los medios para parar cualquier osadía. Ganamos, sin presentarnos, sin necesidad de tener la vara de mando. Somos pocos, pero estamos mejor armados, sabemos que somos un ejército, y que esto es una guerra. La clave es que ellos no lo sepan, y sigan sangrando sin chocar contra nosotros.

Sólo podría cambiar las cosas que cambiara la gente y se hicieran ciudadanos, plenos, conscientes y responsables. Que de repente, por iluminación o por educación, se dieran cuenta de quiénes somos, de cómo las proclamas que gritan les ciegan, de cómo les manejamos… que vieran los hilos. Que se dieran cuenta de que la política es de todos, y que sus representantes han de ser espoleados, no aplaudidos. Que detrás de todo esto que ha pasado, estamos nosotros, que seguimos igual, o estamos mucho mejor.

Pero eso no pasará.

¿Verdad?

Compártelo