Sombras sobre el suelo gris.

Sombras sobre el suelo gris

Sombras sobre el suelo gris

Sales del trabajo cansado, suspirando y expirando agobios. Tus hombros, hundidos, todavía sujetan tu cuerpo y lo mantienen erguido. Al menos, lo suficiente para poder seguir considerándote bípedo. Tu mano izquierda sujeta el maletín, cargado de obligaciones. Su peso amenaza con anclarte al trabajo para siempre, no importa dónde estés ni lo rápido que corras.

Caminas hacia la estación, casi sin notar el suelo que pisas. Tus pensamientos son como hileras de hormigas que se cruzan entre ellas, creando el caos. No sientes el contacto del resto de gente al llegar al metro, sus empujones y malas caras. Todos sois un rebaño ansioso por llegar al matadero. Que este viaje al Hades se acabe, por favor. Miras tu reflejo en el cristal, y tienes la extraña sensación de que te estás desdibujando… es como si fueras perdiendo el color, hay rasgos de tu cara que parecen desaparecer. Te haces más plano y oscuro, como todos los que están a tu alrededor. Da igual, piensas. Sólo quieres llegar a casa.

Llegas a la estación de tren, amplia, demasiado amplia. Desangelada y aun así demasiado llena de gente, personas oscurecidas y ansiosas. Miras hacia el cielo y lo ves tan frío como el suelo de la estación. Sigues caminando hacia el andén que te llevará a tu casa. Cada vez te sientes más oscuro, como una mancha de márgenes afilados. Ves que todos los demás parecen iguales, sin rasgos, todos tan inhumanos. Aunque parezcan terroríficos, no les ves distintos de ti, así que no te asustas ni pides ayuda.

Ves a otra sombra que espera partir a su destino; quizás a casa, quizás al trabajo, o a un sitio mejor. No os conocéis. Sólo compartís la misma luz, que os iguala a cualquier otro, irreconocibles y sin rostro, pintados a carboncillo sobre las superficies lisas y sucias de la estación.

El tren reposa como un dragón somnoliento en la vía. No hay prisa, nadie espera en la estación de destino. La otra sombra espera paciente, quizás mirando el móvil, o al paisaje de piedra y acero. Aguarda al lado de una columna, oculto su rostro por un panel. Por su postura parece relajado, ya conoce la rutina de tantos viajes sobre raíles. Cuando viajas en tren, sabes cuándo debería pasar todo. El arranque del tren, la revisión del inspector, a qué hora pasarás por ese paisaje que tantas veces te ha encandilado, la llegada a destino.

Sois parte de este paisaje transitorio, de esta lanzadera a otra parte. Todo es coyuntural aquí, sólo de paso. Se desdibujan los rostros de tal manera que se hacen parte de la estación, de sus sombras, sus andenes. Es como verlo todo llevado a los extremos, luz y oscuridad. Es todo onírico y confuso.

Al lado de la columna, la sombra puede que te esté observando. Quizás os crucéis miradas, algún gesto de reconocimiento, de habituales en el mismo trayecto. Algo más, o nada. Ensombrecidos por la luz, podéis mostraros secretos que nadie verá. Estáis a salvo. Desde donde te observo, los cables parecen cortar tu cabeza, separarla del resto de tu cuerpo y de tus obligaciones. La otra cabeza parece haberse fusionado a un cartel, convertido en un hombre-señal .

Pasas de largo, y sigues caminando hasta estar frente a tu vagón, pensando en todo lo que tienes que hacer. Ya eres sólo un pozo negro y apático, cansado de este vagar, con una bola atada al brazo. Cumplir con la rutina sin rechistar, ver el mismo paisaje, quizás la casa en la que te gustaría hipotecarte, o a los habituales del mismo vagón, llevar al día que libros leen, quizás observar a tu amor platónico y silencioso.

Todos bañados por la misma luz, sombras silenciosas que esperan llegar a su destino, salir de este sueño borroso, frío y gris.

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