La periferia

La periferia

La periferia

Todo es oscuridad.

Ninguna luz que describa los objetos. Ni una fina línea que se separe del negro más profundo y denso. Nada en derredor que pueda ver, sólo piedras y algunas ramas quebradizas de árboles. Ni en el cielo, que no sé dónde está, no soy capaz de encontrar la línea que separa la tierra del firmamento. Sólo puedo trazar un mapa, que se deshace como si escribiera debajo del grifo del agua, con los cambios que siento con la planta de los pies y las palmas de las manos. Noto la tierra que raspa y hace sangrar mis pies descalzos; beberse cada gota de sangre que mana de los cortes finos como el canto de una hoja de papel, que hacen cruces que arden al rojo en mi piel. Hace rato que perdí mis zapatos, perdidos por el desgaste, porque sentía que devoraban mis pies, como poco a poco siento lo mismo con mi ropa. Sólo llevo una camisa, unos pantalones, y una chaqueta áspera y raída por las mangas.

Ojalá volviera a estar en ese sitio tan extraño, en esa especie de prisión que jamás me dijo que me quedara. Al menos eso siento ahora…

Todo empezó hace tiempo, en otro lugar de mi pasado. Yo era alguien demasiado anodino como para que mi vida mereciera manchar una hoja de papel contando mi historia. Tenía un trabajo, una pareja, pocas necesidades, y casi todas satisfechas de forma más o menos regular. Había estudiado, había hecho másters, había conocido el mercado laboral como cualquiera, había conocido el amor, el desamor, y la vuelta al primero, tenía un piso mezcla de catálogo IKEA y anticuario, y un perro que se apropiaba del sofá. Nada en mi vida era demasiado relevante. Mi trabajo no resultaba extraordinario y complejo, horas recibiendo dosis de radiación aceptable de un ordenador, combinado con café cada hora y ratos en la fotocopiadora. Mi relación era estable, pensando en dar ese salto que produce tanto vértigo de tener un hijo, y no morirnos mucho en el intento. Mi familia me quiere, soy el segundo de cuatro hermanos, y entre nosotros nos llevamos bien. Tan bien como la distancia nos permite. A veces ayuda, supongo. Con mis amigos todavía quemo alguna noche, nos recordamos lo estupendos que éramos, y bebemos y discutimos, y todo es genial en su banalidad.

Nada hay en mi vida que me haga especial, ninguna señal de que estoy destinado a la grandeza. Simplemente, soy uno más. No digo esto con pena, ni como un reproche a mí mismo, al destino o a mis padres. Simplemente es así.

O lo era.

Supongo que todo cambia sin pedir permiso, que nada espera a que tú te prepares y llegues a la estación. En todo este tiempo, mientras avanzaba entre zarzas, ramas de árboles, y zonas que sólo puedo imaginar como el más tétrico de los descampados, he intentado recordar. Cómo empezó todo. No lo sé. No puedo acceder a ese fichero, quizás troceado y esparcido por todos los rincones abandonados de mi cerebro. Sí recuerdo cómo salí de ese sitio, de sus muros. Cómo me adentré en esta nada cubierta de noche, donde sólo noto el suelo pedregoso, la tierra que me araña, los árboles que se aparecen frente a mí sin verlos. La sensación infinita y agobiante de estar sediento, ese continuo fluir de bolas de algodón que sale de mi boca. La garganta como tiras de velcro que fueran atrapando todo el polen que cae en primavera.

¿Por qué no hay cielo aquí? Acepto que todo sea tan oscuro, que no haya ninguna fuente de luz en kilómetros a la redonda, que no sepa a dónde voy, pero cuanto más oscuro está todo, más fácil debería ser ver el cielo. Las estrellas. Esos pequeños puntos brillantes puestos por algún niño que juega a ser Dios. O la Luna. Algo tiene que haber para guiarme, me niego a pensar que es todo oscuridad densa e impenetrable, que salir de esa prisión no sirvió de nada… casi me ahogo, casi muero aplastado, reduciéndome a la nada por efecto de alguna extraña gravedad rompiendo mis hombros.

No.

Debe haber. No puede ser que este frío, este juego de mudos, sordos y ciegos, sea todo. Ni siquiera soy capaz de recordar cómo suena mi voz. Mi garganta está demasiado carcomida como para emitir sonidos que no sean los de una respiración ronca y atragantada. Soy consciente de mi cuerpo a un nivel muy básico, el que me provee el dolor. Me duele casi todo. Los hombros, la espalda, la cadera, las rodillas… las manos, arañadas y en carne viva de tantear lo que no puedo ver. Mis labios, agrietados, formando valles, sierras y simas; puedo notar las heridas cuando el viento se estrella en mi cara, con el aliento que roza mi boca al expulsarse.

Un punto… otro punto… tres… cuatro… y cinco. Cinco puntos, cuatro unidos y otro distante. Algo… al fin. Se perciben lejanos, tanto que no me atrevo a calcular la distancia, no sé si podría sin miedo a que el desaliento me tumbara. Sólo puedo impeler a mis piernas a continuar, a moverse, un pie delante del otro, un paso, otro… una cuesta creciente, un bosque cada vez más denso que se interpone entre yo y las luces… me mareo por la falta de oxígeno, de aire en mis pulmones, casi no puedo más… según subo, las luces bajan, todo se nivela… según subo, veo más luces, veo un cielo color vómito, algo moribundo y extraño… según subo, veo un horizonte…

Algo.

Cuando sientes que la vista ya no te sirve, que todo está desposeído de una forma visible, que no hay luz en el universo que dé lugar a los objetos y los fenómenos frente a tu vista, cualquier cosa es mejor que nada. Se vuelve todo, tu motivo y tu obsesión. Quieres acercarte, verlo más de cerca, bañarte en la misma luz, y finalmente, tocarlo y poseerlo. Las luces que me obsesionan están ahí, como cinco torreones. Debo llegar.

El horizonte se va dibujando, conformando. Ese cielo tan nefasto y que se atraganta en el fondo del iris. Veo más luces… luces de farolas, y de coches. Conducidos por seres vivos que en algún momento se debieron parecer a mí. O yo a ellos. Estelas que recorren la carretera a toda velocidad. Creo incluso que, a lo lejos, hay luces de casas. Civilización. Vida. No estoy solo. No estoy muerto. Más importante aún, no estoy condenado. Condenado a vagar solo, a reptar por el vacío, a no sentir sino un dolor básico y ardiente dentro de mis venas y mis músculos.

Cuando llego al punto más alto del promontorio, puedo observarlo todo con calma. Estoy en el crepúsculo, en el punto donde se encuentran estas sombras densas que dejo atrás, y el bosque de luces que hay frente a mí. Así que no estoy perdido. Al menos no del todo. La civilización, todo lo que recuerdo, está ahí. Esperándome. Tentándome con sus luces. El hogar está al otro lado de esa carretera. Alguien podrá ayudarme, vendrá algún agente de policía, una ambulancia. Calmarán mi dolor, mi sed, cicatrizarán mis heridas, me vestirán, me lavarán. Volveré a ver un rostro humano. Volveré a casa, a mi vida. A lo que esta era. A lo que creo que es.

Me siento. Miro al horizonte. El vacío de este mundo sin crear ya no está en el exterior, en los árboles que no veía, en la tierra que pisaba y sentía como un tablero desgastado y agrietado por los milenios de partidas entre seres sin moral ni escrúpulos. No. Está dentro de mí. Abriéndose camino hasta mi cerebro y mis ojos. Debería avanzar, pero quizá porte conmigo un mal demasiado grande para un mundo que no soporta nada más difícil que su día a día monótono y gris. No sé qué hacer. Me siento un intruso, un mirón lascivo y hambriento que cotillea por la noche en un vecindario de casas cuadriculadas con jardines inmaculados. Soy la mancha en la foto de familia. Un borrón. Creo que algo murió conmigo en el parque. Hay tantas preguntas que necesitan respuesta.

Las luces de los coches siguen pasando de largo, mientras sigo dilucidando qué hacer. Como aquella otra vez, hace horas o tal vez semanas, miro atrás. Veo una noche infinita, inabarcable. Vuelvo a mirar al frente. Ahí está la salida. La casilla de meta. Todo lo que yo quiero. Porque esto es lo que yo quiero. Volver al mundo que conozco. Al hogar. A ser el hombre mundano, al que todos quieren y respetan.

¿Verdad?

No lo sé.

No sé quién soy realmente. Por qué acabé en ese parque. Antes de eso, y después de mi vida, sólo recuerdo salir del trabajo, y en vez de coger el coche en el aparcamiento, desviarme y pasear. Caminar, como un insomne en una noche de verano, mientras las farolas en dos filas paralelas me alumbraban. Perderme, perderme de todo y de todos, y luego… ese sitio. La presión que me quería sepultar, el lago que me atrajo como una planta carnívora atrae a una mosca.

El cielo que veo no es ninguna recompensa a una buena vida. La tierra me parece un montón de luces y metales hirientes y ajenos a mí. Es un lugar desconocido, ya no me atrae, no quiero ir. Tampoco quiero seguir en las sombras. Me siento como un lobo, un depredador, algo ajeno al hombre, un enemigo en la periferia. No puedo vivir allí, ni aquí, ni volver al punto cero, ni al principio de esta historia. La geografía del mundo se vuelve en mi contra. Caigo de rodillas, y rompo a llorar. Rujo, aúllo de dolor, de rabia, de agotamiento. De hambre y frío. Me recojo en mí, quedo en posición fetal, en esta delgada banda entre lo inexistente y lo irreal. Lloro, lloro hasta vaciarme de todo menos de esta sensación de leche negra que se hace sólida dentro de mí.

¿Entonces qué? Vuelvo a mirar hacia la carretera, el desprecio empezando a teñir todo lo que veo. Mis dientes apretados, mi odio producido por la incomprensión de todo lo que me pasa. Corro, demente, descendiendo, aproximándome descontrolado hacia el comienzo de la autopista. Cada vez veo más cerca los coches. Incluso creo entrever rostros, gente feliz, cansada, ensimismada o con prisa. Seres de carne y hueso. Quizás alguna respuesta. Llego hasta la barrera. Me apoyo en ella, sin apenas aliento, consumido. Veo los coches pasar de cerca. Veo sus caras. Creo que alguno se da cuenta de que estoy, pero si lo hace, no da señales de ello. Pasan coches, más y más… y entonces uno pasa, quizás más despacio que el resto, y veo, casi como un destello, mi rostro.

No me reconozco. No sé con seguridad quien soy, pero no puedo creer que ese sea yo. Camino hacia atrás, torpe y confundido, y caigo al suelo. Miro al cielo, este cielo enfermizo y extraño. Siento la tierra que lacera mis pies. El polvo del camino en mis labios. Oigo los ruidos de coches pasando de fondo. Las cinco luces que me ciegan al bajar la mirada. Las cinco mirando y juzgando. Quizás ellas sepan dónde estoy. Quizás puedan darme la paz después de emitir su veredicto desde lo alto.

Me incorporo, me giro. Miro, y nada que ver. Miro a mi izquierda, y a mi derecha, y percibo esa estrecha banda que hace de frontera. Me sitúo en ella, y camino. En la periferia, vagando. Lo haré hasta que encuentre algo. Quizás otro parque extraño y a la vez prisión. Otro camino. Puede que incluso algún lugar habitado. Lo haré, aunque tenga que hacerlo hasta que deje de ser de noche y se esfume estas tinieblas, o se acabe este camino. Lo haré, hasta que todo acabe.

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