El peso de la ciudad

El peso de la ciudad

El peso de la ciudad

La ciudad pesa sobre los hombros. El hormigón, el cemento y el ladrillo, la pesadez de los edificios que se suceden uno tras otro. Los vehículos que se acumulan como rebaños antes de cruzar un río, avanzando lentos por calles atestadas. Es el ruido que se agolpa en los oídos, el sol que golpea con fuerza en los ojos. Estos se quedan como meras rendijas en la cara, tratando de ver este caos.

Los agobios que coleccionamos se acumulan sobre nuestros hombros. Es parte del peso de la ciudad, que sentimos de forma constante sobre nosotros. El trabajo que no queremos perder, aunque nos deje poco tiempo a cambio de poco dinero. El miedo a perderlo. Es el llegar tarde a cualquier parte, a una cita importante. El saber moverse entre gente que te es hostil sin conocerte. Les estás robando tiempo, te interpones en su camino. Tienen tanta prisa y miedo como tú, un peso muy grande sobre sus hombros.

El metro que nunca viene, y cuando llega, poco importa lo rápido que sea. Las prisas diarias que nos hacen pisar el asfalto como si quemara. El calor y el cemento forjando nuestros nervios hasta hacerlos agujas al rojo vivo, clavadas en nuestras entrañas. Es demencial, nos crispa y nos mata poco a poco, casi no podemos soportarlo.

A pesar de todo…

A veces uno puede tomar un respiro. Mirar nuestro entorno. Mantenerse erguido, como los edificios en derredor. Alzar la cabeza, a pesar de este peso sobre los hombros. Saberse consciente, ordenar esta marabunta de datos en la cabeza. Cuesta mucho no perder de vista el escenario, que no se nuble la cabeza.

Aguantas el peso de la ciudad, tus brazos sosteniendo edificios colosales. Tratas de soportar todo este alud de hormigón y ruido, agobiado por esta luz blanca y sofocante. Con los ojos entrecerrados, observas. Es sólo un respiro, pero basta para seguir resistiendo. No perder la cabeza ni el horizonte.

Te irás de esta esquina, y continuarás con tu rutina, casi inconsciente. A pesar de la carga, no te rindes. Podrías hacerlo, y nadie debería juzgarte por ello. Aun así, aguantas. Llevas tanto tiempo cargando con este saco de piedras, que ya es parte de ti. La ciudad te obliga a ello, y ni así dejas de sonreír a veces.

Un respiro, y de nuevo llevas el peso de la ciudad sobre ti.

Compártelo