El club de los insomnes

2015-07-02 El club de los insomnes

2015-07-02 El club de los insomnes

 

Es de noche, y no puedo dormir. El calor está en mi piel, en la ropa, en las sábanas y en el aire que respiro. Está pegado a todo, se ha multiplicado como una plaga. Es casi imposible sustraerse de él. Apenas encuentro alivio bebiendo cerveza, y mis sentidos se encuentran ya embotados por la mezcla pastosa de alcohol y calor. La ducha fría apenas me alivia unos minutos antes de salir, y empaparme en sudor de nuevo. No hay más cerveza en la nevera, ni sueño que cierre mis ojos. Afuera se oyen grillos, aquí dentro nada. Estoy solo, y la tele está apagada; ahora mismo me da más calor que compañía.

Desciendo a la calle y comienzo a caminar sin un rumbo fijado. Todo está vacío y en silencio, apenas se ve a alguien caminando por otra acera, alguna pareja buscando intimidad a falta de casa propia. Camino de farola en farola, como puertos donde hacer escala en medio de la noche en un barrio periférico. Algún coche cruza la calle rápido, las luces haciendo bosquejos a contraluz, cegando mis ojos al pasar cerca.

Voy sin mirar a ninguna parte salvo el suelo. Sólo la visión de cucarachas que salen de los setos y los jardines públicos me hace caminar más deprisa. También es lo único que me hace pensar que una habitación con cuatro paredes podría ser una bendición ahora mismo. Ni siquiera tengo aire acondicionado, y aunque lo tuviera, sólo cambiaría un problema por otro, un calor de mierda por estornudos y mocos. Parece que no hay atajos para mí, que no hay trucos para que sobreviva al verano en la ciudad.

Paso al lado de una parada de autobús, donde la luz azul del techo me descubre a una mujer que espera. Quizás haya salido ahora del trabajo, o de tomar algo. No sé la hora que es, no llevo encima el reloj ni el móvil. Mañana madrugo, así que mirar la hora no me va a ayudar a conciliar el sueño, y no espero que nadie me llame para que compartamos nuestros problemas de sueño.

A veces paso por encima del césped, sólo para que los aspersores me refresquen. Dejo que se llenen mis fosas del olor de hierba y tierra mojada, de humedad. Cualquiera que me vea me tomaría por loco. Alguno quizás lo ha hecho, si hago caso de las sombras que he percibido moviéndose rápidas entre las farolas. Creo que mi cabeza está mejor, algo menos achantada contra el cuello, más libre y ligera dentro de mi sesera. Quizás con suerte se acabe soltando de mí, y vuele por encima de esta ciudad.

Imagino por un momento que pertenezco a un club, uno de insomnes. Gente que no puede dormir, algunos por culpa del calor, otros de las preocupaciones, del otro que toma su lugar en la cama, del jefe o del banco que condiciona que tenga un sitio donde dormir. Pienso en todos nosotros, habitantes de la periferia, de las urbanizaciones, de los núcleos dormitorio donde un hombre caminando de noche no baja de solitario excéntrico. Hormigas sin labor, que nos sentimos atrapados entre cuatro paredes y treinta grados.

Algunos tienen la excusa de pasear al perro, otros intenta moverse como si tuvieran una dirección, alguien que les esperara, o una fiesta donde refugiarse entre más insomnes. Los hay, valientes y ejemplares, que incluso corren. Otros, como yo, no tenemos excusa a mano. Tampoco nos molestamos en fingir una coartada para estar en la calle. No la necesitamos. Es sólo una manera como otra cualquiera de perder el tiempo, sin necesidad de nada. Como mucho, de algún aspersor que nos refresque las ideas y el agobio de estar atrapados dentro de una colmena.

Me gustan las ciudades de noche, cuando eres más anónimo que nunca, y al mismo tiempo llamas más que nunca la atención. Siempre eres una sorpresa sin función definida, un objeto que no encaja en el escenario; camellos en el polo, secadores en el desierto, abrigos en una isla tropical. Por el camino encuentro otros imsones como yo, gente anónima que nos reconocemos por la mirada destorsionada y reseca de no poder cerrar los párpados mucho tiempo.

Hago escala en un chino. El dependiente está sentado en una silla lejos del mostrador, con el ventilador a su lado como un perro fiel, otorgándole un respiro. Casi siento su mirada de molestia por verme aparecer a estas horas en la tienda. Un niñato que a falta de sueño, perturba su duermevela resignada. Me llevo un par de latas, suelto las monedas sin fijarme si he contado bien, y ni él ni yo nos molestamos en decirnos nada. Todo muy profesional y correcto, como debe ser toda transacción de noche.

Me tumbo sobre un banco, y bebo despacio a pesar de la sed insistente. Una farola me ilumina, y miro el cielo color violáceo. Pocas veces pensamos los urbanitas cómo nos hemos dejado robar el cielo, atrapados en una cúpula de polvo, calor y contaminación. Al secarme con el dorso de la mano la frente, noto en ésta el sudor, el polvo, la mierda en el aire. Bebo para sentirme mejor, para refrescarme, para no ahogarme de calor. Bebo con la esperanza de que mi cerebro se entumezca y se apague como una central al rojo vivo.

Veo a lo lejos a una pareja follar, sentada en otro banco. Apenas se les ve entre unos árboles, en la parte más interior del parque. Ella está sentada de espaldas a él, un brazo aferrado a un muslo suyo, otra mano sujetando una teta suya. Casi puedo oír los gemidos de ella, la respiración ahogada y entrecortada de los dos; casi puedo sentir el calor pegajoso que pega sus caderas, el calor que emana de las tetas de ella, el sudor de los dos liberándoles de toda la tensión y las toxinas. Veo las manos de él sujetando las caderas de ella, cómo ella intenta contener los gritos. Cómo ella acelera, haciendo fuerzas con sus piernas, subiendo y bajando, utilizándole a él para taladrarse ella. Cómo se relaja, y apoya su espalda en el pecho de él. Cómo se tuerce el cuello para besarle, un brazo aferrando la cabeza y el pelo de él. No parecen temer que alguien les vea, o quizás les excite. Desde luego, a mí acaban de despertarme.

Ahora estoy empalmado y sin cerveza. El chino debe haber cerrado ya, y no tengo ninguna ex que me eche de menos, ni ningún rollo que no me mande a la mierda si llamo ahora. Será mejor que deje sóla a la pareja, no quiero fastidiarles el clímax con la visión de un pervertido en un banco. Sigo vagando, y veo pasar a una chica vestida de rojo y a su perro. Una hora tan válida como otra para ver a Caperucita y a su lobo domesticado. También veo pasar a dos hombre corriendo, en silenciosa competición. Paso junto a un hombre borracho, tumbado sobre un cartón, invitándome a hablar con él. Voy pasando lista a este club de insomnes, divagando sobre lo que tengo que hacer mañana en la oficina. Me siento cansado, pero no tengo sueño. Es una tortura de la que me doy cuenta a medias, es como si cargara con bolas de plomo que ruedan por mi espalda.

Vuelvo a ver otros aspersores dispersando en todas direcciones, desperdiciando agua y encharcando la carretera. Riéndome, sintiéndome estúpido, me tumbo en el césped, dejándome empapar. El césped húmedo pegado a mi camiseta y mis piernas, mientras escucho cómo me llama pirado algún conductor ocasional que pasa cerca. Coches que cruzan por carreteras al rojo, que guardan la memoria de un día tórrido y plomizo, mientras yo intento cerrar los ojos y dejar de pensar, dejar de contar, dejar de medir, dejar de sentir mi respiración o esta humedad, dejar, dejar, dejar… dejar esta colmena y refugiarme lejos, aunque sea en el sueño.

La noche avanza, y el amanecer me descubre columpiándome en un parque infantil. A falta de sueño, no está mal despegar los pies del suelo. Veo a una mujer abriendo una panadería, comenzando el día para los del primer turno. También identifico a otros insomnes, gente que camina sin prisa porque no tienen por qué dormir, como yo. Termino de pasar lista al club de insomnes, y me dirijo a mi piso. Toca un nuevo día, y una nueva noche me esperará despierto.

Compártelo