Curiosidad

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Curiosidad

Me encanta dar un paseo cuando las noches son frías. Es revigorizante, me despierta y me espabila. No me gusta la modorra de las noches tórridas y pegajosas del verano en la ciudad. Se agradece después de un día lento y pesado recibir la bofetada de aire frío; evita que me hunda en pensamientos más negros que la noche.

Una de mis recompensas tras un día como el de hoy son unos churros. Dicen que no son sanos, que tienen muchas calorías y grasa, que son el enemigo de cualquier dieta. A mis años… comprenderán que no me preocupe demasiado por ello. Voy a disfrutarlos como me merezco, con chocolate.

Como ya os he dicho, me encantan los churros. Tomarlos con un chocolate caliente mientras veo la tele a primera hora de la mañana, aparecer algún domingo en casa de mi hijo y desayunar con los nietos, o por la noche, esas noches solitarias que acompaño con libros.

Siempre he sido un hombre curioso, alguien que quería abrir el reloj y ver cómo funcionaba su mecanismo. Nunca me ha bastado con la superficie, por bella que fuera. Necesito ver cómo se hacen las cosas, hasta los churros. Ahora mismo estoy mirando cómo se cocina esa masa entre blancuzca y amarillenta que va saliendo del tubo. Viéndolo caer en el aceite hirviendo, haciéndose sólido, soportando un calor que se pega a la cara con sólo acercarse. Es maravilloso. Cómo no voy a querer comer algo tan simple, tan vacío de cualquier fruslería; simplemente es lo que es, algo delicioso y reconfortante. Con chocolate, un pequeño trozo de paraíso. Sí, me encantan los churros. Me encanta ver cómo se hacen.

Ver cómo se ejecutan las cosas de forma mecánica y meticulosa, estar tan centrado en algo que todo lo demás se desvanece, el ruido se convierte en apenas un murmullo, el cuadro se cierra hasta sólo ver el objeto de nuestros esfuerzos. Afuera hace un frío horrible, pero ahí dentro, concentrado y con el calor que emana el aceite, el churrero está tan cómodo como en su casa.

Nos hacemos compañía sin decirnos nada, yo observando, él trabajando. Me recuerda a mí, a mi oficio, a cuando mis manos cosían las distintas piezas, e iba tomando poco a poco la forma del zapato. Dar con la forma perfecta, la más cómoda para el pie. Que este no sienta el zapato incluso después de hora pisando el suelo con seguridad. Siempre me ha gustado aquello de un hombre que se viste por los pies. Realmente, pocas cosas visten mejor a un hombre que un par de buenos zapatos. Podrá llevar una corbata más o menos bonita, y el traje podrá ser de su corte, o quedarle un poco grande, pero unos zapatos siempre le hacen sentir a uno un señor, siempre le visten por entero. Incluso las mujeres se giran cuando oyen los pasos de alguien que se mueve con tanta firmeza y seguridad.

Lo maravilloso de un oficio, el que sea, es que si eres alguien curioso, nunca te aburrirás. Descubriendo nuevos detalles, retos, cosas por mejorar. Tienes que esforzarte por hacerlo siempre lo mejor posible, tu nombre está en juego. Incluso aunque lo hagas perfecto, no puedes bajar la guardia, la gente que acude a ti confía en que sepas ayudarles, conseguirles lo que necesitan. Yo, que hombres de cualquier edad y condición pisen con seguridad, como si fueran a comerse el mundo. El señor que está frente a mí, a que recuperen las fuerzas tras una tarde demasiado larga mirando cosas que regalar, o que cambiar por algo mejor. Un oficio siempre es algo bueno y honrado, nada nos sienta mejor que encontrar aquello que nos gusta, y entregarnos por completo.

El saber hacer, el toque personal que nos hace reconocibles, es algo que se tarda muchos años en conseguir. No es hacerlo bien, o perfecto. Es más que eso. Es hacer lo que el cliente desea, pero que se lleve una sorpresa, un algo más que sólo uno puede darle. Yo lo intentaba con los zapatos, con cada par que hacía. Cada persona que entraba por mi tienda era como alguien a quien tenía que enamorar, y para ello debía conocerle bien, saber sus necesidades, sus gustos, incluso sus problemas, fueran en casa o en el trabajo. Debía llevarse algo más que un par cómodo para sus pies.

Todo esto son eso motivos para ser curiosos. Tener gusto por conocer a los demás, por saber más. No levantar la cabeza y mirar de forma mortecina a quien, de forma errónea, creemos que viene a molestarnos. No. Hay que respetar al cliente, alegrarnos de que nos haya dado una oportunidad de mostrar lo que sabemos hacer mejor que nadie. Aprender siempre, no dejar de hacer sitio a nuevas ideas en nuestra cabeza. Saber más, nunca saciarnos. Incluso cómo se hacen churros.

Extraño mi trabajo, a mis clientes, el día a día en mi taller. Mis hijos tomaron caminos muy distintos al mío, pero al menos un nieto parece tener ganas de retomar mi trabajo, quiere probar suerte. Me escucha con atención, tomando nota en una de esas cosas que llaman tablet. Intento aprender a manejarla, poniendo mis dedos sobre ella como lo haría un orangután. Los dos aprendemos, yo intentando transmitirle todo lo que sé, esos pequeños detalles que no te pueden enseñar en ningún libro ni escuela. Él intenta, y muchas veces lo consigue, sorprenderme con ideas que nunca hubiera imaginado. La curiosidad de cada uno, como hurones que se mueven dentro de una montaña de inventos extraños y desfasados.

Al final pido una ración, y tras hablar un rato con el churrero, me despido de él, concentrado de nuevo en su trabajo. No puedo dejar de mirar cómo hace su tarea, con qué maña y dominio. Sigo adelante, esperando pronto volver a ver a mi nieto, aprendiendo pequeños detalles mientras merendamos churros. Alimentando la curiosidad del otro.

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