Bajo la cúpula

Bajo la cúpula

Bajo la cúpula

Todo es un escenario congelado, pálido y pétreo que no refleja vida ni calor, solo quietud y luces de neón

Estructuras de piedra y metal que se ven a lo lejos, iluminadas con la luz de quirófano de farolas. Árboles que lucen como estatuas de sal, su color ceniciento El cielo es una inmensa cúpula violeta que parece de otro mundo, haciendo de todo un lugar extraño y artificial. Apenas se atisban algunas estrellas solitarias y lejanas, su brillo débil y aislado del resto, puntos de sal en el mármol negro, testigos cegados por la luz con la que saturamos el cielo para ver el suelo.

Me pierdo vagando por este escenario de colores digitales, sintiéndome solo, entre trazas de noche negra y densa, apenas una sombra alimentada por las luces que se yerguen sobre mí. Sobrevolando sobre la piel cuarteada de los árboles que se yerguen en filas ordenadas. Equidistantes entre ellos, un bosque que visto desde arriba debe simular las casillas de tablero enorme. Sé cuál fue la casilla de salida, pero no sabría llegar hasta allí de nuevo. Creo que en este sitio nunca se puede volver atrás, aunque de media vuelta sobre mi último paso.

El aire es una cortina densa e invisible que apenas se mueve al desplazarme, todo se siente como si estuviera atrapado entre un montón de algodón. Mi cuerpo se llena con él, la boca, el espacio entre mis pulmones y dentro de ellos, y sólo mi piel, mis huesos y mis órganos se interpusieran en los recovecos que quedan. Apenas me muevo, presionado, con la vista quemándose en los puntos con forma de bola incandescente que se ven a lo lejos. Avanzo casilla a casilla, quebrándome poco a poco, buscando cómo salir, preguntándome por qué y cómo he llegado aquí. Es una angustia que rueda dentro de mi estómago.

No puedo más, casi no puedo respirar. Parpadeo, todo se desliza lejos de mis pies, el suelo se aleja y vuelca, el cielo está enloquecido con esos tonos parecidos a un enfermizo zumo de grosellas. Mis pies me abandonan, mi mirada se oscurece. Caigo, caigo y sigo cayendo, un destello de pensamiento me dice que caigo para siempre… siento la rotura de la superficie, me sumerjo en aguas negras y profundas, saturándome con ese olor a sedimento de plantas muertas y humedad condensada y resbaladiza. Trato de ver, para no ver nada. Mi boca abierta se inunda de un grito mudo y desesperado, y sólo oigo burbujeos que se pierden hacia la noche.

Me arde el pecho, las venas de mis piernas se hacen agujas calientes que hacen que chille dentro de mi cabeza. La urgencia me impele a impulsarme, a mover mis brazos, a tratar de buscar la salida, el aire que no encuentro, que se escapa de mis pulmones. Estoy desorientado, moviéndome sin dirección, todo es igual, la nada en la que podría quedarme atrapado para siempre y descansar, si no fuera porque me urge respirar aunque sea aire malsano.

Se hace eterna la subida a ninguna parte, apenas vislumbrando algún color violáceo y exhausto, creo ver un punto brillante, no sé si es una estrella en el cielo, o la luz de alguna farola lejana. Me muevo como deben moverse los astronautas en el espacio, sin conciencia de que haya un arriba y un abajo. Lo hago durante mucho tiempo, o al menos así lo percibo yo. Creo tocar algo, no sé el qué, pero al instante deja de estar ahí, donde quiera que eso fuera.

Emerjo a la superficie agitada y enloquecida por mi intromisión. Mis manos se alzan como las de alguien que a fuerza de arañar enloquecido escapa de la tumba impuesta antes de tiempo. Echo hacia atrás la cabeza, mi boca se abre con un grito sofocado, intentando respirar. Creo que grito, que jadeo, pero no puedo oír nada más que un sonido roto y agudo dentro de mis oídos. Intento incorporarme a la orilla, tocar tierra, aferrarme a ella, pero me cuesta, he sustituido el abrazo frío por la quietud estática e irrompible de este lugar, por su peso en el aire.

Mi piel está helada, mi ropa húmeda, pero por dentro mi cuerpo se agita y mis músculos arden, mis dedos sangran y se hacen heridas al clavarse en la tierra. Casi como si saliera de arenas movedizas, logro escapar de las aguas. Tumbado en el césped, cierro los ojos. Da igual si los tuviera abiertos, apenas hay estrellas que me guíen, una cúpula inmensa me separa. Es como si flotara dentro de una botella de vino al trasluz. Sólo respiro, agarrotándome poco a poco, casi como si fuera a abandonarme las fuerzas, a sumirme en un sueño pacífico y sedante. Una parte de mí casi lo desea…

No puedo. Debo irme de aquí, de este lugar pesado y plomizo, aunque sea a gatas. De rodillas, me siento delirar, hablando en balbuceos que no puedo descifrar. Es como si oyera hablar a un extraño de un país que no puedo imaginar. Siento el cuello torciéndose en ángulos imposibles. Observo todo. Esculturas absurdas dedicadas a conceptos que no existen, ángulos rectos, limpios y estériles, portales gigantes a ninguna parte, columnas que no sostienen nada. Árboles que en conjunto parecen un osario, un otoño que nunca se acabó y nadie recuerda cuándo empezó.

Vuelvo a mirar al río. Tan calmado, quieto, pacífico… las aguas parecen sábanas negras arrugadas. Cómo me gustaría dormir, hacerlo mucho tiempo.

Camino, camino y no dejo de caminar, un pie delante de otro. Mis pies se apoyan temblorosos sobre la delgada pasarela que casi parece vibrar con mi peso, las manos agarradas a las barras. Un paso… otro… respirando… rompiéndome… pero sin caerme. Sigo, debo hacerlo, aunque sienta como si tuviera piedras redondeadas apoyándose sobre mi espalda. Tomo tierra al otro lado, y me derrumbo apoyado en el comienzo de la barandilla.

¿Cómo he llegado aquí? ¿Cómo se me ocurrió? Estoy seguro de que no se me perdió nada en este sitio. No veo a nadie, no parece haber vida en kilómetros, ni siquiera recuerdo bien cuándo fue la última vez que ví a alguien. Creo que fue hace horas… muchas, pero menos de un día completo. Recuerdo que estaba en la oficina, supongo que trabajando. Quería respirar, salir de esas paredes. Creo que este me pareció un buen sitio, un buen lugar para huir. Miro mis ropas, como si pudieran darme una pista. Apenas se han secado, pegadas a mi piel helada. Observo atontado la corbata, y me pierdo en su geometría, en el diseño repetitivo y bicolor que la conforma.

Pasa el tiempo, todo se hace más oscuro. Parece que se han movido las estrellas de lugar, pero no lo sé con certeza. Sólo miro, sintiéndome incapaz de almacenar nada de lo que veo dentro de mi cabeza. Siento como si fuera una copia a escala de este territorio sin fin. ¿Estaré yo dentro de mí? ¿Habrá estrellas gravitando en mi cerebro? ¿Tendré salida? Me agota pensar, intentar responder a estos pensamientos que forman un muro denso de zarzas retorcidas. Incapaz de atravesarlo, lo mejor será que vuelva a incorporarme, a buscar la salida.

Este vagar se vuelve eterno, una sucesión de colinas, árboles y farolas que hacen mi camino un sendero enloquecido por la imaginación de un carcelero. Sigo, pisando casi con rabia el suelo. ¡No sé a dónde voy a llegar, no veo el final! Sólo puedo continuar, apretando los dientes, cerrando a veces los ojos y agachando la cabeza, intentando engañarme y hacerme creer que hay una puerta de salida esperándome al final. Lo hago sin fe, sólo tengo rabia para alimentar mis músculos. Con las sienes golpeadas, los dientes afilándose entre ellos. ¡Vamos idiota, no te derrumbes a mitad de camino, arrástrate si es necesario!

Con ojos llorosos, la boca sucia y torcida por los resoplidos, el cuerpo un títere que tira de sus propias cuerdas para no caer sin vida, la veo. Una puerta abierta, una pequeña abertura que interrumpe la homogeneidad de un muro alto y fino de metal, que refleja la luz de una hilera de farolas paralelas a este. Apenas permite a un solo hombre pasar, pero no importa, apenas tengo cuerpo que arrastrar fuera de aquí. Ignorando el peso de este mundo que me quiere hundir, camino, me impulso. Como si intentara sacudirme las piernas dormidas, piso con fuerza, más fuerte, más inclinado, casi al trote, casi corriendo, incapaz de poder centrar la mirada. Sólo queda un pequeño tramo, ya estoy fuera, ya puedo ver el mundo exterior, o intuirlo, no estoy seguro de ver nada, pero no importa, solo quiero salir, escapar de aquí.

Liberarme.

Me sumerjo en el exterior. Un momento estaba dentro, cegado por la luz de las farolas anunciando la meta, roto por esta montaña de rocas invisibles, y ahora estoy fuera… libre. Aturdido. No veo nada. Sé que no estoy ciego, simplemente no hay luz, no se ven edificios, calles, nada. Apenas vislumbro el suelo, gris, sin apenas detalle alguno, sólo alguna grieta, pequeñas piedras. Es como si no hubiera mundo, como si no estuviera hecho aún. Camino lentamente, intentando ver algo. Miro al cielo, y veo más estrellas que antes, muchas más; la cúpula de cristal violeta queda lejana detrás de mí. Tendrán que servirme de guía.

Ahora que casi no siento el frío ni la humedad, que mi cuerpo parece liviano, que puedo incorporarme y estirarme, incluso saltar… no sé a dónde ir. Me doy la vuelta, y miro el sitio del que he escapado. Parece una isla entre un mar de oscuridad. Puede que sea lo único real e iluminado en el mundo. Siento miedo al vacío, a esta noche perpetua. Podría volver al parque; al menos eso existe, lo puedo ver.

Respiro hondo, intentando disfrutar de la sensación de haber escapado de un montón de escombros tras venirse abajo el edificio. Pienso en el hogar al que quiero volver, en cómo llegar. Vuelvo a mirar las estrellas, y luego al parque. Soy libre, me repito varias veces. Me incorporo, con una mezcla de euforia y mareo en la cabeza. ¿Y ahora?

Cierro los ojos, doy un paso, y dejo que todo sea noche.

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